Una de las cosas que he descubierto que me gustan más de cambiar de ambiente es que comienzas a fijarte en cosas que antes dabas por sentadas y habían perdido su magia. Cuando uno lleva muchos años viviendo en el mismo sitio, pierde la ilusión de descubrir y explorar, y viajar nos devuelve un poco de esa curiosidad de cuando somos pequeños.
Tokyo es una ciudad de contrastes. Lo mismo vas caminando por una calle principal llena de gente (pero llena del punto de tener que caminar más despacio o que vengan guardias a dirigirnos por las aceras) y así de pronto giras por una calle secundaria y puf, todo el mundo ha desaparecido y por no haber no hay ni ruido… Lo cual es chocante en un principio porque en una ciudad así poco esperas que pasen estas cosas. Y así como chocan, las agradeces instantáneamente como escape al bullicio que muchas veces ni sabes de dónde viene.
Que cómo puede ser esto posible. Pues si bien Tokyo tiene millones de habitantes que se desplazan, turistas que llenan los centros de las guías de viajes y cientos de coches, bicis, motos… que deberían convertir la ciudad en un avispero, no ocurre. La gente no habla por las calles y si lo hacen es a un volumen tan bajo que muchas veces te preguntas si realmente se escuchan. Los trenes son lugares donde se puede hablar bajo, pero el teléfono hay que ponerlo en silencio, la música baja y nada que pueda molestar. Y aunque el tráfico tiene aspecto de ser infernal, nadie hace sonar el cláxon. En resumen, es un misterio de dónde sale el ruido (además de los turistas que se ven a leguas).
Por otra parte, es muy bonito salir a pasear sin tener idea del destino y encontrarte maravillas que no aparecen en los mapas. Parques, templos, riachuelos, edificios… todo es un contraste de modernidad y tradición, naturaleza y mega construcciones. Muchas de las calles no tienen ni aceras y muchas veces parece que vas paseando por un pueblecito de casas bajas más que por una de las capitales más pobladas del mundo. Es por eso que aunque haga calor (de ir con toalla al cuello) merece salir.
Anécdota de cómo encontré mi nuevo paseo favorito. Mi casa está relativamente cerca de Koenji (templo) y decidí ir a visitarlo, primero porque estaba a distancia de caminata y segundo porque mi casa entre mediodía y las 18h es un infierno. Pues bien, la llegada la hice sin mayor problema por calles grandes, y resulta que el templo en sí está cerrado al público, pero como el cartel estaba en kanji y no lo traduje hasta que salí, pues yo entré con toda mi pachorra (esto me ganó algunas miradas cuestionadoras, pero pensé que era por ser extranjera) Pues bien hasta aquí todo normal (noté que me picaban un par de mosquitos, pero incluso eso es pasable).

Puerta del Koenji
A la vuelta decidí que prefería volver sin mirar el móvil y eché a caminar. Como mi capacidad de concentración no dura mucho y cada rato encontraba algo interesante, terminé perdiéndome. Y en mi pérdida, encontré. Primero un parque la mar de agradable para sentarse a descansar un rato bajo los árboles y en el que estuve charlando con una abuelita muy simpática y paciente (le pedí que me repitiese las cosas como una docena de veces, pero no pareció molestarle).
Continuando, encontré un taller de tatamis y me quedé un rato viendo cómo el señor artesano hacía uno, lo cual me fascinó (y al señor le hizo gracia que me quedase pasmada). Finalmente, llegué a una calle de pequeñas tiendas de frutas, verduras y cosas japonesas que no estoy preparada para clasificar, pero que eran entre bonitas y apetecibles y verdes y con poca pinta comestible.
Conclusión: hallé lo que se podría encontrar en cualquier pueblo castellano en su versión japonesa y me hizo realmente ilusión ver cómo miles de kilómetros pueden cambiar el estilo decorativo, la cultura… pero no cambian el espíritu. La sensación es la misma y esta es la magia de caminar sin rumbo; el descubrir que a pesar de los contrastes, uno puede adaptarse siempre y cuando tenga espíritu de búsqueda y aprendizaje (y sobretodo ganas de aprender un idioma basado principalmente en los sentimientos).