1. Cómo se viene a parar a Japón

Es la primera pregunta que surge a todo aquel al que comento que me he venido a vivir a Japón durante un año. Que si no está muy lejos, que si no me da miedo irme sola, que qué voy a hacer durante un año … Y yo me planteo otra: ¿Y por qué no?

Los que me conocen desde hace un tiempo (y los que no también porque soy muy cansina con respecto a este tema) conocen mi pasión por tema Japón. Al inicio fue por pura diversión y por poder decir que entendía los animes que devoraba en ratos muertos. Luego ya cambié de idea y mantuve la ilusión a pesar del reto que supone estudiar un idioma como el japonés. Para que os hagáis una idea, el primer día de clase de primer año la profesora nos soltó que el japonés era un idioma que habían creado ellos con el fin de que sólo lo pudiesen hablar ellos y fuese casi imposible a un extranjero hablarlo bien (calenticos empezamos).

Pues tras 5 años de estudio corroboro lo que mi sabia profesora soltó: es un idioma casi imposible de aprender salvo que vivas inmerso en la cultura del país. Y sólo hay una forma de conseguir eso que es viniendo a la fuente del conocimiento. En cuanto acabé tema estudios empecé a buscar opciones. Visado de trabajo es casi imposible de conseguir salvo que una empresa con sedes fuera de Japón te contrate o seas la pera limonera y te contraten así por las buenas. Estudiante es bastante caro y te limita mucho la estancia a ser sólo estudiante.

Finalmente encontré mi opción: Working Holiday. Como su nombre indica es como un año sabático en el que te permiten vivir y trabajar en el país de destino. Así a priori suena perfecto y no es muy difícil conseguir todos los papeles para obtenerlo. Una vez te confirman que todo está bien y que tendrás que recoger el visado en un par de días, ya comienza la batalla real.

En mi caso, dejé mi trabajo y empecé a buscar a diestro y siniestro todo aquello que se necesita cuando se comienza una vida en otro país. Lo básico: un piso, una academia, cómo funciona el transporte, abrirse una cuenta en el banco, seguros de salud… Cuanto más buscaba más clara tenía una idea en mi cabeza: no iba a ser sencillo. Todas aquellas personas que por vídeos o blogs comentaban sus experiencias coincidían en un punto, los extranjeros no lo tienen fácil. No ya por la barrera idiomática (que sí es importante) sino por el mero hecho de ser extranjeros y la imagen que los japoneses tienen de nosotros independientemente de dónde vengamos.

Pues bien, ignorando todas las ideas negativas que estaba recibiendo (bien por insensatez, bien por ilusión cegadora) billetes de avión y una primera reserva en un apartamento turístico, aquí me planté con una desconcertante calma y positividad que todavía me dura y que es la que quiero compartir a lo largo de mi estancia durante este año por medio del blog. A medida que avance en mi estancia, compartiré con aquellos que queráis acompañarme en esta aventura todas las cosas que ocurran, ya sean buenas o malas, curiosas o mundanas y sobretodo diferentes.

Quiero aprovechar para animar a todos aquellos que queráis empezar una nueva vida aquí o en cualquier sitio a hacerlo. Sin prisa y así a lo loco, pero tampoco poniendo pegas a todo. No existe cosa más negativa y paralizante que el miedo, y es algo que se debe confrontar de la manera que cada uno se vea capaz. Es un poco cliché decir que vida sólo hay una y hay que vivirla. Sin embargo, a medida que pasa un tiempo, ves cómo hay cosas que nos retienen anclados en una existencia vacía y sin motivaciones. Desprenderse de algo no es fácil, e incluso a veces es doloroso, pero en muchos casos es dar un pequeño paso atrás para saltar adelante.

Amigos, conocidos y familia siempre van a estar ahí independientemente de la distancia, la diferencia horaria y el tiempo que pase sin vernos cara a cara. Por eso mismo, yo dí mi salto (si no al vacío muy parecido) sin redes, con mucha ilusión y sin arrepentimiento de nada. Porque Japón está muy lejos, pero también muy cerca. ¿Y por qué no?

Deja un comentario